Resumen y Lecciones Prácticas: La Fe y la Vida para los Bautistas de James M. Renihan
Por Hernando J. Ochoa R.

I. Introducción
En el presente resumen analizamos el libro del doctor James Renihan, quien compiló los documentos de las Asambleas Generales Bautistas Particulares, que tuvieron lugar a finales del S. XVII en Londres, gracias a la libertad derivada de la Ley de Tolerancia promulgada en mayo de 1689[1], previa la llegada del Rey William II, poniendo fin a la persecución religiosa previa. No sólo admira el trabajo de recopilación llevado a cabo por el editor, sino aún el de la traducción misma de los documentos.
Las enseñanzas de nuestros hermanos no sólo deben tener impacto en nuestra vida asociativa, sino aún en la personal. La falta de amor fraternal terminó impactando en tantas iglesias involucradas y en las generaciones que vendrían después.
II. Resumen del libro
Después de décadas de persecución, derivada directa e indirectamente de la Ley de Uniformidad de 1662[2], la Convocatoria a la primera asamblea se llevaría en el mismo año de la promulgación de la Ley de Tolerancia. Ella da cuenta del gozo causado por la esperada liberación para el ejercicio público de la fe. Se aprecia la necesidad en la que se encontraba la iglesia debido al descuido del ministerio (que debía ser capaz y honorable). Así, se convocó a que cada iglesia enviara un anciano y un hermano principal.
Habiéndose reunido representantes de más de cien iglesias en 1689, los documentos nos muestran el diagnóstico del estado en que se encontraban las iglesias, las propuestas acordadas para buscar solución a los problemas diagnosticados, así como lo esperanzador que resultó la primer Asamblea General.
Destaca la forma en que se identificaron a sí mismos, como “bautizados”[3]; distintivo que se usaría en el resto de los documentos. En el informe apreciamos el gozo y alabanza a nuestro Señor porque, en Su Providencia, fue posible llevar a cabo la profesión pública de nuestra fe bautista y, consecuentemente, la asamblea general. Ello no sin antes, un claro clamor por el arrepentimiento derivado del descuido al primer amor que Le debemos[4]. Es clara la asunción de la responsabilidad en el estado deplorable de las iglesias y su consecuente persecución en las décadas previas.
El descuido en el ministerio se mostró en personas cualificadas para los oficios, sin haber sido debidamente ordenados, así como un deficiente sostenimiento de aquéllos que sí lo fueron. También se destacó el descuido en guardar bíblicamente el Día del Señor (pública, familiar y privadamente). Por ello, se creó un fondo con fines de sostenimiento de ministros en necesidad y de provisión para que hermanos llamados recibieran preparación teológica en beneficio no sólo de la iglesia de entonces, sino de la Iglesia en sus generaciones futuras. También se detectó un descuido en las ofrendas que regularmente daban los creyentes. Por todo ello se hizo un llamado para que el mes siguiente, se dedicara un día de ayuno y oración para lamentar los descuidos detectados y buscar la bendición de Dios en la corrección del rumbo de las iglesias.
El informe destaca la naturaleza asociativa de los bautistas particulares, reconociendo la independencia de las iglesias y la ausencia de poder en la asamblea. Se concluyeron puntos sobre las ofrendas y, el mantenimiento y administración del fondo; asimismo, se resolvieron dudas diversas sobre la práctica eclesiástica (mantenimiento de ministros, ordenamiento de oficiales, yugo para el matrimonio, ofrendas, comunión fraternal, vestimenta adecuada, día de reposo, preparación de ministros y administración de sacramentos).
También se incluyó un pronunciamiento para disociar a los bautistas particulares de movimientos anabaptistas y aún de hermanos que, por temor a la persecución, participaron en el encubrimiento de faltas a leyes como la Penal Law y la Test of Acts. Ello con la finalidad de no ser asociados con movimientos pro-papistas.
Por lo que respecta a la Asamblea General de 1690, también vemos una estructura similar a la de la Asamblea de 1689. En la epístola vemos un llamado a cooperar para la edificación de la iglesia, pensando en las generaciones venideras:
“Como es nuestro privilegio estar en capacidad de hacer el bien en nuestra generación, también es nuestro deber –y será nuestra corona y gloria– presentarnos a nosotros mismos y nuestros talentos (…) sin demora, mientras el poder {hacerlo} esté en nuestras manos, y {hacerlo} fielmente, lo mejor que podamos.”[5]
En el informe se reitera la independencia de las iglesias y se da cierta liberalidad al fideicomiso para la administración de fondos respecto a ministros en necesidad. Asimismo, se brinda un método para el mejor desempeño de las iglesias: asociaciones por condados, visitas para predicar en otras iglesias, revisar su adecuado mantenimiento de ministros y apoyo para preparación teológica de hermanos dotados y se informe de necesidades (principalmente económicas) a sus respectivas asociaciones.
Para la Asamblea de 1691, sigue el regocijo, pero se insta a las iglesias al fortalecimiento del fondo, como medio para apoyar a muchas iglesias, con el deseo de “la Reforma completa, el acuerdo feliz y la paz y el bienestar firmes de todas [ellas]”[6], teniendo en mente que en ello está de por medio “el honor de Dios, el mantenimiento de Su adoración pública en el mundo, la edificación de iglesias y la conversión del resto de los elegidos de Dios”[7].
También se establecieron puntos para la mejor administración del fondo y para la solución de conflictos cuando un hermano se considerase agraviado por una disciplina no bíblica, de tal forma que no se generare conflicto entre las iglesias involucradas (la que lo aplicó y aquélla a la que acuda el hermano).
En la reunión de 1692 si bien se incide sobre puntos tratados en las asambleas previas, es de destacar el conflicto con el que comenzó el fin de éstas, a causa de un conflicto surgido entre hermanos de renombre acerca de la adoración en la iglesia. Más allá del conflicto, que fue sometido a siete hermanos, se destaca que –debido a que no se solucionó ni atendió bíblicamente el desacuerdo, sino por medio de comunicados escritos y públicos– se evidenció una falta de amor entre hermanos.
El conflicto no fue resuelto en el fondo, sino que terminó con un llamado de atención a los hermanos involucrados por su falta de amor fraternal. Tristemente, pese a haberse sometido a la decisión de esta comisión de hermanos, los hermanos involucrados en el conflicto aparentemente sólo cumplieron en forma con lo ordenado: se disculparon formalmente, mas no aparece haber habido un arrepentimiento real y el conflicto no parece haberse resuelto.
El resultado se vio en los documentos de las Asambleas de 1693 y 1694, cuando ya fueron divididas en dos reuniones separadas (Londres y Bristol), según se acordó en la Asamblea General de 1692. Bristol seguiría por un siglo más; pero Londres se reunió sólo una vez más. Los documentos parecen indicar que la división ocasionada previo a la última Asamblea General, afectaron fuertemente a las iglesias que se reunirían en Londres. Los temas de preocupación fueron los mismos; pero el asociacionismo bautista particular sufrió un golpe devastador por el conflicto no resuelto bíblicamente.
III. Lecciones Prácticas
El libro nos demuestra la importancia de conocer más a fondo las experiencias de otros hermanos, en su sincero interés por vivir bíblicamente. Las lecciones son inmensas y de gran valía: Después de décadas de sufrimiento e imposibilidad para un ejercicio libre de la fe, lejos de mostrar una actitud de queja, vemos una actitud centrada en Dios como el dador de toda bendición y gracia recibidas; pero, con humildad y sinceridad, asumen la responsabilidad del descuido de la adoración debida a nuestro Señor. Es un llamado a un corazón correcto y centrado en la Biblia, antes que en las circunstancias.
En cuanto a la vida asociativa de las iglesias bautistas, encontramos no sólo la necesidad de llevar a cabo dicha asociación general (sea a nivel nacional e internacional), sino también la conveniencia de llevarla a cabo a nivel regional. Esto puede facilitar el asociacionismo en cuanto a temas de necesidades comunes, gastos y frecuencia de las reuniones. No obstante, el punto central de todo asociacionismo no está en la iglesia misma, sino en la gloria de Cristo.
Para llevar a cabo este asociacionismo a la realidad, no debemos esperar a ser convocados o a estar reunidas todas las iglesias bautistas reformadas para tal fin, sino que el inicio es la convocatoria a otras iglesias de la misma profesión de fe. Las iglesias de Londres tomaron la iniciativa con base en la realidad bíblica que nos enseña la práctica de la iglesia primitiva y en la necesidad y conveniencia de la misma.
La piedad en el desarrollo del asociacionismo es indispensable. Todo paso debe hacerse de la Mano de Dios, en oración y súplica, conscientes de que en vano se edifica la casa si Dios no está en ello (Salmo 127:1). Ello implica que es Cristo y la Palabra de Dios la autoridad sobre las iglesias, y las asociaciones deben respetar la independencia de las iglesias que sean parte. Es muy importante la claridad en las normas que medien posibles conflictos y la rendición de cuentas para que las asociaciones perduren.
Finalmente, el llamado a la piedad personal es de suma importancia. No deja de trascender el conflicto surgido entre hermanos de renombre, como son Benjamín Keach y William Kiffin, entre otros, que –al no haberse atendido con amor fraternal y bíblicamente– tuvo repercusiones no sólo en su generación, sino para generaciones futuras. Esto es un llamado de atención a cada uno de nosotros, puesto que debemos cuidar de no blasfemar el Nombre de Dios con nuestro testimonio público (Romanos 2:24).
IV. Conclusión
Jesucristo es Quien ha establecido y edificado Su Iglesia; esta obra no ha concluido y no concluirá mientras esperamos Su Regreso. Pero esta obra divina no está desentendida de nuestra responsabilidad como iglesia militante. Nuestro Señor no nos ha llamado a vivir una vida aislada, sino en amor fraternal; esto implicará dificultades, y diferencias, gozo y lágrimas, mas el testimonio de nuestros hermanos del siglo XVII debe ser un incentivo para llevar la vida asociativa a la práctica con temor y temblor, sabiendo el privilegio que tenemos de servirnos unos a otros para la gloria de nuestro Señor y Salvador.
El libro es, sin duda, una joya para todo bautista reformado que desee llevar a la práctica su profesión de fe. Pero también puede ser útil a nuestros hermanos que –sin profesar ser bautistas reformados– deseen conocer nuestra historia y comprender la necesidad de unirnos que tenemos todos los verdaderos creyentes, ante un mundo que cada vez aborrece más descaradamente a Dios y Su Ungido.
[1] Confesión Bautista de Fe de 1689 (E.U.A., 2009, Ed. Editorial Peregrino, 4ª ed. Revisada por Chapel Library), p. 6.
[2] Renihan, James M., La Fe y la Vida para los Bautistas. Los documentos de las Asambleas Generales Bautistas Particulares en Londres (1689-1694) (Ecuador, 2022, Ed. Legado Bautista Confesional, Trad. Alaín J. Torres Hernández), p. 3.
[3] Renihan, James M., óp. cit., pp. 13-14.
[4] Ibid., pp. 16-18.
[5] Renihan, James M., óp. cit., pp. 73-74 (énfasis añadido).
[6] Ibid., p. 96 (énfasis añadido).
[7] Ibid., p. 97 (énfasis añadido).
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