Reseña Crítica: Principios de Interpretación Bíblica de Louis Berkhof
Por Hernando J. Ochoa R.

I. Introducción
En la presente reseña analizamos el libro de Louis Berkhof titulado Principios de Interpretación Bíblica, que contiene algunas bases históricas generales acerca de la Hermenéutica Sacra y nos proporciona una serie de principios fundamentales para la interpretación de las Sagradas Escrituras.
Hemos de reconocer que el carácter técnico del libro ofrece un desafío para preparar un resumen completo de su contenido, gracias a la complejidad de la materia y a la forma tan minuciosa en la que el autor condensa numerosos principios y reglas de interpretación en tan pocas páginas. Por ello, nos limitamos a hacer una referencia general a los temas mayores del libro.
II. Resumen del libro
El autor presenta de forma magistral la Hermenéutica como “la ciencia que nos enseña los principios, métodos y reglas de interpretación”[1], a la vez que la califica como un arte, el arte de interpretar. Esta realidad la va descubriendo a lo largo del libro, junto con los sabios consejos con los que acompaña su enseñanza.
La hermenéutica no es exclusiva para la Teología; sin embargo, la Hermenéutica Sacra tiene un carácter muy especial, pues interpreta un libro único, que es “la Biblia, la palabra inspirada de Dios”[2], que conlleva el reto no sólo de acercar un autor a sus lectores, sino tomar en consideración la mente de Dios, que inspiró a autores humanos, en una cultura, tiempo y lenguajes concretos.
En el caso de un libro como la Biblia que naturalmente ofrece retos por las distancias de tiempo, culturas y lenguajes, existe una brecha importante al ser los intérprtes pecadores interpretando el producto de una mente Santísima y Trascendente, como es la de Dios Mismo. Por ello, el autor destaca la trascendencia de llevar a cabo una buena hermenéutica, por los efectos desastrosos que una mala hermenéutica puede acarrear[3].
El autor expone en los primeros capítulos del libro la historia de los principios hermenéuticos usados para la interpretación del texto sagrado; comienza con los usados por los judíos y por la iglesia cristiana a lo largo de la historia (en los periodos patrístico, el medioevo, la Reforma, el confesionalista, y el histórico-crítico, hasta el siglo XX).
En breves páginas nos deja ver avances y retrocesos a lo largo de la historia en los que el hombre se ha acercado con mayor o menor reverencia a la Biblia; ahí conocemos tanto aciertos, como riesgos derivados de malos acercamientos a la Palabra de Dios y, aunque no entra al detalle, podemos apreciar los riesgos y consecuencias no sólo de aplicar erróneamente la ciencia de la hermenéutica, sino –sobre todo – de partir de presupuestos erróneos acerca de la naturaleza y carácter de la Biblia[4].
El autor demuestra que una buena hermenéutica va a depender de un adecuado concepto que tengamos de su objeto: la Biblia[5]. Por ello, es importante que partamos de presupuestos claros y no negociables, como es su Inspiración Divina (sin desligarla del factor humano, como instrumentos de Dios en su revelación), su unidad y diversidad[6], su unidad de significado[7], las variedades de estilos y las particularidades en los lenguajes originales, y la libertad de conciencia y responsabilidad con la que, como intérpretes, hemos de acercarnos a la Biblia. En este último punto, si bien no podemos estar libres de tradiciones y de un conglomerado de conocimiento teológico en el que nos desarrollamos, lo cierto es que es la Palabra de Dios la que debe guiar nuestra interpretación y no dejar que sea “la Iglesia [la que] domine la conciencia en materias de interpretación”[8].
De ahí, el autor parte al capítulo más amplio de su libro, en el que explica la interpretación gramatical[9], en el que nos muestra el punto de partida para la interpretación correcta de la Biblia. Hemos de atender al significado de las palabras, comenzando con su etimología (no por importancia, sino por orden lógico), al uso que se le dio a las palabras y al uso de palabras sinónimas.
Debemos entender esas palabras en su contexto, esto es, en el pasaje en que se encuentra, teniendo cuidado de cómo llegar a un significado único cuando una palabra nos ofrezca varias posibilidades. La propia Biblia nos da ayudas para alcanzar tal significado, para lo cual, el autor propone varias reglas a las que hemos de seguir. Vemos las complicaciones que pueden presentar los textos bíblicos, por los posibles usos de palabras figuradas (tropos, significados literales o figurados, y cómo interpretar éstos).
En todo el entendimiento de las palabras, está un principio muy importante, que es el contexto; por ello, debemos atender a la interpretación del pensamiento del autor. A este respecto, también hemos de estar atentos al uso de modismos, figuras especiales que se apartan de una u otra forma del sentido literal, el orden en que están expresadas las palabras, el uso particular de preposiciones y conexiones en el lenguaje, así como contextos más amplios de expresión del pensamiento (secciones más amplias, el libro, el propósito, conexiones históricas, doctrinales, lógicas y psicológicas). Asimismo, podemos hacer uso de paralelismos de las propias Escrituras y, en última instancia, de ayudas externas como libros referentes al lenguaje y a comentarios de la Biblia.
El autor hace referencia, posteriormente, a la interpretación histórica, siendo que ésta no puede ser desentendida de la gramatical[10], puesto que el lenguaje es empleado en un contexto histórico y cultural que le afecta, más aún cuando hablamos de un libro que Dios reveló a lo largo de más de mil años, en tres continentes diferentes. Debemos atender a la interpretación histórica, en el contexto en el que fue revelado por Dios, sin disociar a la Palabra viva del Dios Vivo (Heb. 4:12). En este sentido debemos atender al contexto histórico y cultural del autor que interpretamos (etapa de su vida, situación particular, propósito), el interlocutor (tanto interlocutores registrados en el texto, como los destinatarios), la situación geográfica, política y religiosa-moral. El autor nos da algunas nociones respecto a ayudas internas y externas que podemos emplear, así como algunas advertencias respecto a estas últimas.
Finalmente, el autor nos habla de una interpretación teológica, que parte de un entendimiento correcto de la Biblia, como lo dijo antes, de Su unidad orgánica. De ello, vemos las relaciones entre Ambos Testamentos y relaciones entre los diversos libros que componen la Biblia. En este sentido, el autor hablar del sentido místico de ciertas partes de la Biblia[11], que no se aparta de su sentido real, sino que parte de él y nos brinda las profundidades reales de la Mente de Dios. Gracias a estos presupuestos de los que partimos para acercarnos a la Biblia, es que el autor nos ayuda para interpretar los símbolos, tipos y profecías contenidas en Ella, así como una mención especial de los salmos.
Derivado de todo lo anterior, partiendo de Su Autor Trascendente y Sabio, el autor nos explica el sentido implícito de la Biblia, cuando la revelación nos da “implicaciones (…) claras y evidentes [que] deben ser consideradas como Palabra de Dios”[12]. Por otro lado, explica los paralelos (sean reales o de ideas) y la Analogía de la fe o de la Escritura[13], como ayudas para entender a la Biblia como la unidad orgánica que es.
III. Opinión del Libro
El libro es una magnífica ayuda para el entendimiento básico de una disciplina tan compleja como es la Hermenéutica Sacra. La complejidad que ésta implica hace que el lector se sienta con deseo de más claridad, más ejemplos o más explicación en ciertos aspectos que aborda el autor. Esto opera, a mi parecer, más en la Interpretación Gramatical, puesto que las variantes derivadas de los idiomas originales son poco claras (sea en los derivados de sustantivos o en las conjugaciones verbales). Sin duda, ello demanda que los estudiantes busquemos explicaciones y, sobre todo, ejemplos más abundantes y claros de las particularidades que destaca el autor más allá de los que contiene el libro.
Este mismo fenómeno que, en algunas partes parece ser superficial, toma especial atención cuando hablamos del uso de palabras figuradas, de conexiones y conjunciones que, ante la complejidad que anuncia el autor, a veces parecen muy pocos los ejemplos y explicaciones que brinda para llegar a las conclusiones a las que arriba. Esto se nota, por ejemplo, cuando el autor habla de semeia (semeia)[14], en la que no brinda una clara explicación de a qué palabra se refiere; demandó de una búsqueda en concordancias y diccionarios para entender que se refería a milagros y por qué lo llevó a relacionarlo con el significado simbólico de éstos. La rapidez en la que el autor describe las diversas figuras demanda del lector un conocimiento gramatical aún de su propia lengua, a fin de hacer más digerible el cúmulo de información contenida en el libro.
En los puntos (3) y (4) con los que ejemplifica la unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento[15], el autor denota su profesión de fe presbiteriana, puesto que explica el entendimiento del Antiguo Pacto y el Nuevo Pacto como dos administraciones diferentes y no diferencian, como lo hacemos los Bautistas Reformados, entre dos Pactos diferentes. Al hablar de los privilegios, deberes y ordenanzas, los presenta como un mero avance en el Nuevo Testamento y no como pertenecientes a Pactos distintos.
Finalmente, haré dos críticas al editor. Por un lado, el hecho de que mejorara el Apéndice del libro con bibliografía actualizada es de mucha utilidad en la actualidad, cuando estamos bombardeados de información y es difícil discernir a un estudiante cuál bibliografía es más recomendable.
Por otro, en cuanto a la presentación del contenido, considero que la información tan abundante y técnica, demanda una esquematización más amplia que permita percibir lo conceptos con más claridad. Igualmente, la especialización de la materia y sus tecnicismos harían mucho más fluida la lectura si las notas al margen estuvieran a pie de página y no al final de la edición. El ir a buscar las aclaraciones presentadas por el autor o por el editor interrumpe la lectura y hace difícil retomar el tema que se venía analizando.
IV. Conclusión
La obra que nos ocupa es una obra de suma utilidad para un primer acercamiento a un tema no sólo tan complejo como es la Hermenéutica Sacra, sino tan trascendente en nuestra adecuada relación con Dios. Dios, en Su infinita sabiduría y trascendencia nos ha hablado y no basta que atendamos a Su revelación, sino que debemos hacerlo con reverencia y entendimiento, para lo cual estos principios son un buen comienzo para profundizar en la correcta interpretación de Su bendita Palabra.
[1] Berkhof, Louis, Principios de Interpretación Bíblica (Colombia, Ed. Libros Desafío, 2005), p. 9 (el énfasis es añadido).
[2] Ibidem.
[3] Berkhof, Louis, óp. cit., pp. 10-11.
[4] Casos como el acercamiento al texto en forma mística de los cabalistas (Ibid., p. 16), las alegorías en las que decayeron los papistas (pp. 20, 23-24) o el racionalismo exacerbado en siglos más recientes (pp. 31 y ss.), son sólo muestras de ellos.
[5] Ibid., pp. 39 y ss.
[6] La categorización de la unidad orgánica de la Biblia es trascendente a lo largo de la interpretación, como se expresa en el último capítulo de la obra (Ibid., pp. 51-52, 124-130).
[7] Aún con los retos que conlleva la interpretación de pasajes difíciles y aún los significados más profundos que podamos hallar, debemos considerar que el texto nos brinda un significado único (Ibid., pp. 55-57).
[8] Ibid., p. 64 (énfasis añadido).
[9] Berkhof, Louis, óp. cit., Cap. V, pp. 65-103.
[10] Ibid., p. 105.
[11] Berkhof, Louis, óp. cit., pp. 130-131.
[12] Ibid., p. 146 (énfasis añadido).
[13] El autor maneja ambas como una sola figura (Ibid., pp. 151-154).
[14] Berkhof, Louis, óp. cit., p. 133.
[15] Ibid., pp. 125-127.
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