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Reseña Crítica: La vida de Dios en el alma del hombre de Henry Scougal

  • Por Hernando J. Ochoa R.
  • 24 nov 2022
  • 9 Min. de lectura


Por Hernando J. Ochoa R.


I.                  Introducción

  

          En la presente reseña analizamos una carta enviada por el teólogo escocés del siglo XVII, Henry Scougal, a un amigo creyente (probablemente en un momento de decisión, ya sea a Su servicio o a la maduración).  Aún y cuando no se trata de una obra escrita para el público, sí es una obra de gran bendición y profundidad, respecto a la vida de todo creyente y su comunión con Jesucristo.


            Esta obra cautivó mi atención desde las palabras de recomendación y, más aún, el impacto que tuvo en la vida de George Whitefield.  Al leerla, no me decepcionó; por el contrario, me ha sido de mucha edificación.


II.               Resumen del libro


            El autor explica en qué consiste la verdadera fe cristiana.  Así, el ser cristiano es más que un conjunto de doctrina o creencias, sentimentalismos, reglas o ritos; consiste en una nueva vida.  Un desentendimiento de esta verdad ha llevado a considerar como cristianas prácticas pecaminosas.  Es gracias a la “unión del alma del hombre con Dios”[1] que el cristianismo es vida, en la que hemos de ser conformados a la imagen de Cristo.


            Aunque el creyente experimente altas y bajas en su vida espiritual, ésta nunca se apaga, debido a que su origen es divino.  Dios cambia la naturaleza del creyente.  Cambia los afectos e inclinaciones del hombre.  Vivimos para agradar a Dios y en dependencia de Él para hacer morir el pecado que aún mora en nosotros.  Pero hemos de tener cuidado de no confundir una nueva vida con las falsas apariencias de ella, o bien, con los excesos y defectos que muchos falsos creyentes profesan.


            El cristianismo es vida divina tanto por su origen en Dios, como por su propósito de conformarnos al Hijo de Dios.  Difiere de la vida natural en que la divina es propensa a lo divino y no a lo meramente moral.  Es Cristo la clave, el centro, la razón y el fin de la vida divina; de ahí que la inclinación a lo divino y la renuncia a las inclinaciones naturales son consecuencias necesarias.  La fe donde comienza esta vida tendrá por ramificaciones el amor a Dios, la caridad, la pureza y la humildad.


            Siendo Cristo el todo en la vida divina, Scougal nos muestra cómo es Él el ejemplo de ésta.  Los corazones no los podemos ver; es a través de vidas concretas que podemos entender cómo se ven las ramificaciones de la fe.  Cristo es la personificación perfecta de la vida divina.  Su amor lo demostró en su entrega total sin importarle el costo que pagó.  Fue paciente y sumiso al “soportar {lit. sufrir} la voluntad de Dios”[2].  Su deleite fue la comunión con el Padre.  Su caridad la demostró en Sus palabras y obras en beneficio de todo hombre que encontró; aún Sus enemigos.  Su pureza, no sólo en Su vida perfectamente libre de pecado, sino aún en Su renuncia voluntaria de placeres lícitos.  Su humildad, al ser el Único, Verdadero y Majestuoso Dios, humillándose al identificarse con Su pueblo; Él nunca alardeó de Sus atributos, ni se exaltó a Sí Mismo.


            Scougal explica cómo la vida divina acarrea beneficios y ventajas.  Parte, acertadamente, de la excelencia del amor y la suma importancia de enfocarlo a lo Divino; como consecuencia, conoceremos la felicidad y gozo verdaderos, gracias al Perfecto objeto del amor, al derivar en una comunión auténtica con Aquél que también nos amó.


            Posteriormente, aborda los beneficios de la caridad, la pureza y la humildad.  El ejercicio auténtico de la caridad producirá satisfacción y placer, que complementan la felicidad que proviene de amar a Dios.  La pureza nos hace permanecer libres del duro yugo del pecado, para servir a nuestro Señor; por lo que hemos de buscar ser libres de placeres mundanos o pecaminosos y aún de aquellos inocentes, que nos distraen del elevado llamado que tenemos.  La humildad es la rama de la fe “más elevada o noble[3].  Esta cualidad nos brindará gran felicidad y tranquilidad, así como amor y honor entre sabios y perspicaces[4].


            El autor nos alienta, a pesar de lo infinitamente lejanas de nuestras cualidades frente a las de Cristo, porque Él ha asegurado la victoriaNo podemos generar el efecto en nuestro interior para la vida divina, lo que puede provocar descontento en nosotros mismos.  Dios ha prometido que seremos hechos a la imagen de Su Hijo; no sólo nos comanda a buscar esa vida, sino que Él Mismo se hizo carne para garantizarlo.  Su Espíritu se encargará preservarnos y conducirnos.


            No obstante, es nuestra labor el mortificar al pecado que todavía hay en nosotros; puesto que “nunca tenemos más razones para esperar la ayuda divina que cuando nos estamos esforzando al máximo[5].  El autor no establece una metodología ritualista para ello, mas recomienda huir del pecado, reconocer el pecado de acuerdo a la Palabra de Dios y odiar ese pecado.  Para ello, no debemos considerar pequeñas ni las tentaciones, ni los pecados y, si es necesario, aún recordar las consecuencias desastrosas para nosotros mismos, que ocasiona el pecado.


            La guerra contra nuestro pecado debe ser activa, constante y perseverante.  Para ello, debemos examinar nuestras acciones, tomar decisiones de la mano de Dios y en comunión con Él, estando dispuestos a rendir cuentas con Dios y pedirle ayuda.  Ello implicará renunciar al mundo y sus placeres, aún aquéllos legítimos.


            Aunque el aspecto interno está más allá de nuestro control, sí hemos de llevar a cabo aquéllo que sí está en nuestro control: la obediencia.  Si lo hacemos con la convicción de agradar a Dios y de que Él obre en nosotros los cambios internos, no seremos hipócritas.  Esta obediencia es muy importante respecto a los medios de gracia que Dios nos ha dado.  Confesemos a Dios y pidámosle ayuda cuando todavía no provenga de un impulso auténticamente interior, pues “el Espíritu de Dios suele intervenir y elevar estos actos de nuestra alma más allá de la altura natural, y darles una impronta divina[6].  Hemos de meditar en las verdades divinas, considerando “la excelencia de Su naturaleza, amor y amabilidad”[7], haciéndolo con seriedad y no meramente en forma racional.  Atendiendo a las concepciones claras de Su naturaleza, a Sus obras y a Cristo.  En especial, la meditación en la Bondad de Dios (en Su providencia, en Su encarnación y en Su paciencia) nos ayudará a despertar ese amor a Dios.


            Concluye analizando la vida divina y su relación con la caridad (reflexionemos en el amor al prójimo, gracias a su relación con Dios y Su imagen en ellos), la pureza (consideremos el alto propósito con el que Dios nos creó) y la humildad (mediante la reflexión en las perfecciones divinas).  La comunión con Dios a través de la oración (en especial una mental y meditativa en dichas perfecciones) nos expondrá más y conformará más a Él.  Ello, sin descuidar el medio de gracia “del santo sacramento (…) establecido para alimentar y hacer crecer la vida espiritual”[8].


III.           Opinión del Libro


            La lectura del prefacio y el prólogo en todo libro es sumamente conveniente para enriquecer el entendimiento del mismo.  Sin embargo, en el caso de este libro, el prólogo del autor no es suficiente; hay dos aclaraciones sumamente importantes para entenderlo bien: Por un lado, el libro habla de la vida del creyente y no de cómo llegar a ser creyente; por otro, que el libro es en realidad una carta dirigida por el autor a un creyente.


            Sin la primera aclaración, se correría el riesgo de un mal entendimiento acerca del contenido y llegarlo a confundir con una herejía: Que la salvación depende del creyente y su renuncia al mundo, y no de Dios.  La segunda aclaración es necesaria para entender que no se está leyendo un tratado o un documento académico, lo que acerca al lector creyente con el autor y con su propia vida de lucha constante.


            Aunque el amor a Dios es explicado por Scougal como rama derivada de la fe y también describe la excelencia del amor enfocado a Dios, considero que no es enfatizado lo suficiente el cómo debe desarrollarse ese amor a Dios.  Es el conocimiento de Dios y su consecuencia natural, el amor, un punto primario en la vida y crecimiento del creyente.  Si bien se menciona este conocimiento en los últimos capítulos, pienso que debe ser entendido como la clave de la lucha contra los deseos e inclinaciones mundanas que se mencionan en los primeros capítulos.  Sin el conocimiento de Dios que despierta el amor a Dios, el riesgo de convertir la vida cristiana en una religión de normas y de obras es muy grande y, posiblemente, nos incapacitaría para discernir si lo que nos mueve es auténticamente el amor a Dios y Sus perfecciones.


            Al abordar el conocimiento de las perfecciones divinas en el capítulo 10 pareciera que las verdades divinas que apreciamos en Su Palabra, son diferentes de Sus obras y de la encarnación divina.  Aunque no podemos deducirlo así categóricamente, sólo cabría decir que aún las Obras de Dios, y la vida, obra, muerte y resurrección de Cristo deben de ser examinadas a la misma Luz de Su Palabra, a fin de evitar conocimientos místicos, empíricos y aún agnósticos que nos podrían alejar de la luz de la revelación.


            Cuando Scougal hacer referencia a la guerra que sostenemos contra el pecado y el yo, habla de la renuncia a los placeres mundanos (inclusive los que podríamos llamar inocentes); sin embargo, si ello no lo hacemos a través de deleitarnos en el Señor (nuevamente, partiendo de Su conocimiento), no sólo será una lucha sumamente cansada y desgastante, sino que caemos en el riesgo de llegar al legalismo.  No basta persuadirnos de las vanidades, sino que es preciso conocer y, así, desear Aquello que es superior y divino.


            De esta forma, en el capítulo 4, justo después de describir la vida divina, su base y ramificaciones, Scougal salta inmediatamente a los beneficios de la vida divina.  Sin duda, conocerlos, comprenderlos y aún añorarlos son elementos importantes como creyentes; sin embargo, al no abordar desde ese momento el conocimiento de Dios como clave, considerar los beneficios y ventajas antes que a Cristo Mismo y el entendimiento de la bienaventuranza que por sí misma es la vida divina podría desenfocarnos de Jesús (Heb. 12:1-2).  No cabe duda que no podemos acusar a Scougal de falta alguna, puesto que se trata de una carta privada dirigida a un creyente específico y no de un tratado o un libro escrito para su publicación.  No obstante, es importante advertirlo porque muchas veces, las tribulaciones presentes nos podrán hacer ver borrosamente los beneficios de la vida divina.


            Un punto que llama mi atención, hablando de los beneficios de la caridad, el autor hace una pregunta retórica: “¿Acaso es de extrañar que una persona así sea reverenciada y admirada, y que sea considerado un predilecto de la humanidad?”[9]  A lo cual, habremos de responder “Depende”.  El mundo recibe toda la caridad que le demos, hasta que mencionamos el Nombre de Jesucristo.  Una vez asociados con Él, el mundo nos aborrecerá (Jn. 15:18-19).  Un mal entendimiento de esta verdad podría llevar al error en el ejercicio de las buenas obras que Dios ha preparado de antemano para que andemos en ellas (Ef. 2:10) y que derivan en “servicios” o aún mal llamados “ministerios” en que algunas iglesias denominacionalmente cristianas han caído; un extremo de estos errores incluso puede llegar a la deleznable adopción de la justicia social como parte de Evangelio.


            En este sentido, si bien no debemos olvidarnos del amor a nuestro prójimo, de dar de gracia lo que hemos recibido así (Mat. 10:8) y que somos deudores de aquéllos que aún no han oído las buenas nuevas (Rom. 1:14), lo cierto es que nunca debemos desasociar la caridad del Nombre de Cristo y tampoco esperar reverencia y admiración de un mundo que Lo aborrece.


            Aunque en menor grado, considero que también debemos hacer precisión respecto al efecto que, según Scougal, produce la humildad, al afirmar que produce amor y honor.  Si bien es más factible recibirlos, por la cualidad en cuestión (Pilato mismo se admiró de la actitud de Cristo [Mat. 27:14]), lo cierto es que en un mundo acaso más depravado y que halla ofensa aún del silencio, no hemos de esperar lo mismo, más si dicha humildad se asocia con la Verdad que es Cristo.


            En un punto, Scougal hace una dicotomía imprecisa, al hablar del cuerpo, como un “compañero tardo y torpe”[10], del cual seremos liberados.  Sin embargo, esto sólo será por un tiempo, toda vez que, cuando Jesús regrese, nuestro cuerpo será glorificado y esa libertad la viviremos en el cuerpo y no alejados de él.


            Finalmente, en el último capítulo habla de una relación entre Dios y el hombre que se desapega de la enseñanza bíblica, puesto que Dios no ama ni tiene una relación personal con todo hombre, sino hasta que nos regenera y hace Sus hijos.  No obstante, el amor que Dios nos ha dado y la imagen que permanece en todo ser humano, son razones suficientes para amarlos y procurar que acudan a Cristo en arrepentimiento y fe.


IV.            Conclusión


            Aunque esta obra es una carta privada y no una obra diseñada para su publicación, considero que puede edificar a un creyente débil y aún a uno fuerte para las luchas presentes y futuras.  Sin duda, no es una obra perfecta (puesto que sólo es perfecta la Palabra de Dios), sí es de destacar la madurez de su autor a sus veintiséis años de edad en que la escribió.  Lo vívido de su descripción del diario vivir de un creyente nos hace identificarnos fácilmente.  Es una obra que resulta conformante y alentadora, pudiendo ser de bendición para un verdadero creyente y para la vida de la iglesia local, siempre haciendo las precisiones necesarias para su adecuado y sano entendimiento, según las expresé en la tercera sección de esta reseña.



[1] Scougal, Henry, La vida de Dios en el alma del hombre (E.U.A., Ed. Legado Bautista Confesional, Trad. Eduardo Ferguson y Alaín J. Torres Hernández), p. 15.

[2] Scougal, Henry, óp. cit., p. 33.

[3] Ibid., p. 61.

[4] Ibid., p. 64.

[5] Scougal, Henry, óp. cit., p. 76 (el énfasis es añadido).

[6] Ibid., p. 97 (el énfasis es añadido).

[7] Ibid., p. 101.

[8] Scougal, Henry, óp. cit., p. 118.  Aunque no lo especifica, creemos que se refiere a la Cena del Señor.

[9] Scougal, Henry, óp. cit., p. 58 (el énfasis es añadido).

[10] Scougal, Henry, óp. cit., p. 99.

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Cristiano; abogado egresado de la Escuela Libre de Derecho, cuyo pasatiempo favorito es el béisbol.

 

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